lunes, 11 de enero de 2016

DEFICIT DE ATENCION E HIPERACTIVIDAD... ¿UNA DOLENCIA DE NUESTRO TIEMPO?. PARTE I

¡Feliz Año a todos!

Comenzamos este 2016 con un post escrito por Helena a la que conocéis por su magnífico tema de rabietas de Agosto del 2015. Espero que os guste tanto o más y que no dudéis en preguntar lo que no os quede claro.
Aunque ya fue desarrollada esta dolencia por mi colega y amiga pediatra Ana Isabel Rodríguez Cordobés en febrero de 2014 de forma excelente, me parece muy interesante poder leerlo ahora contado por una psicoterapeuta infantil.

Helena Provencio Díaz - Psicoterapeuta infantil y adolescente

¿Quién no ha oído hablar del trastorno por déficit de atención con o sin hiperactividad (TDAH) en nuestros días? Abuelas, padres, tíos y hasta niños conocen el término y seguramente alguien de su familia o entorno más cercano lo padece. ¿Es el mal de los niños y adolescentes de nuestro tiempo?
 


Según se oye y se lee en casi cualquier sitio, el TDAH se está convirtiendo en uno de los problemas clínicos y de salud pública más importantes que afecta a niños y adolescentes. En algunos círculos se habla de epidemia.

Aunque los datos sobre su incidencia en España a veces no son todo lo fiables y directos que nos gustaría, la bibliografía científica señala que afecta, al menos, al 5% de los niños en edad escolar y representa entre un 20 y un 40% de las consultas en los servicios de salud mental infantil. En cuanto a la adolescencia y edad adulta, si bien los síntomas del TDAH pueden disminuir con la edad, éstos pueden permanecer parcial o totalmente, cumplidos los 25 años. Los datos presentados por la Organización Mundial de la Salud (OMS) en la encuesta mundial sobre salud mental de 2007, hablaban de una prevalencia en adultos del 3,4% y en España del 1.2%.

Bastan estos datos para comprender que el impacto social de esta enfermedad es muy grande, tanto por la tensión generada sobre las familias, el efecto sobre la autoestima y el desarrollo de los niños, cuanto por la repercusión sobre la organización asistencial, los profesionales sanitarios y los educadores (Burgos, R., Barrios, M, Engo, R., García, A., Gay, E, Guijarro, T., Romero, A., Sanz Y., Sánchez V. 2009).

¿Qué está pasando? ¿No estaremos afrontando determinados problemas sociales, familiares, educativos, económicos,… a golpe de diagnóstico fatal y de pastillas?

Muchos de los niños que llegan a mi consulta de psicoterapia vienen “diagnosticados” de TDAH y están siendo tratados con fármacos de forma indiscriminada. Sin embargo, sus mejorías son pequeñas, salvo en algunos casos. En éstos, cabría preguntarse si es la medicación la que genera la mejora o también están incidiendo los posibles cambios en los patrones familiares y en las formas de hacer las cosas que el propio diagnóstico de una enfermedad de este tipo genera en los padres o cuidadores. Podría resultar que, de repente, el niño sea más comprendido, más atendido, más considerado y su comportamiento mejor controlado y manejado, por parte de las figuras adultas de su entorno.

Pero, qué es el TDAH

El trastorno por déficit de atención e hiperactividad (TDAH) es un trastorno heterogéneo de causa desconocida y de reciente definición e inclusión en las clasificaciones internacionales de enfermedades. Aunque sus síntomas y su impacto en la vida de los pacientes haya sido recogida anteriormente en la literatura médica y psiquiátrica con diferentes nombres, hasta el año 2000 no aparece incluido en Manual Diagnóstico y Estadístico de los Trastornos Mentales (DSM), algo así como el Vademécum para los médicos.

El TDAH se inicia en la infancia (alrededor de los 3 años), suele ser más frecuente en varones y aunque en menor proporción, también lo sufren los adulos.

Se manifiesta mediante síntomas de inatención, impulsividad e hiperactividad, es decir, que los niños o niñas que lo tienen suelen experimentar dificultades para mantener la atención, concentrarse o estarse quietos. En la vida cotidiana esto se traduce en que el niño/a parece no escuchar cuando se le habla, le cuesta terminar los deberes del colegio o mantenerse sentado en su silla, es desorganizado y/o descuidado en las tareas o actividades, pierde las cosas o se olvida de los detalles, se siente y se comporta con inquietud en situaciones inapropiadas, habla excesivamente, etc.

Puede que ahora la “normalidad” esté más definida en función de las necesidades de los adultos que la de los propios niños.

Origen

El origen del TDAH no se conoce del todo. La información disponible hasta la fecha sugiere la improbabilidad de encontrar una causa única, considerándose más bien una serie de causas biológicas y/o genéticas que interactúan entre sí junto con otras variables ambientales y psicosociales.

No obstante, aunque la evidencia presenta numerosas incertidumbres, el discurso científico dominante considera que la principal explicación de este trastorno tiene una raíz neurobiológica. Esto significa que la causa sería un desequilibrio químico de neurotransmisores, la genética y/o algunas alteraciones de zonas cerebrales que pueden ser corregidas con fármacos.

Pero junto a esta visión preponderante, un grupo cada vez más numeroso de especialistas sostienen que el TDAH es un diagnóstico que carece de entidad clínica. Esto indicaría que no existen pruebas que de forma específica sirvan para un diagnóstico científicamente probado. Dicho de otra forma, que no existe ninguna alteración en el cerebro ni ningún biomarcador que distinga a los niños con este trastorno.

Lo que sí sabemos como terapeutas es que la presencia de síntomas propios del TDAH pueden aparecer en los niños después de estados traumáticos, o que han sido expuestos de forma repetida y crónica a experiencias desreguladoras.

Lacan (1957) señala que el síntoma del niño está en posición de responder a lo que hay de sintomático de la estructura familiar. En este sentido, una de las explicaciones desde algunos campos de la psicoterapia dinámica es que el síntoma estaría representando una verdad que no se quiere o se puede saber de dicha estructura familiar. El niño con TDAH da a ver a través de su cuerpo algo que esta ahí para ser mirado. El síntoma, con sus manifestaciones y dificultades, estaría indicando una relación con los padres que ha de ser examinada y que no permite al niño asumir su independencia en el mundo.

Desde esta óptica, la sintomatología del TDAH obedece a cuestiones internas en el niño, es decir, a cómo ha tramitado su paso desde la relación fusional con la madre y el núcleo familiar hasta la adquisición de su propia conciencia del cuerpo y, por consiguiente, sus movimientos y su propia identidad.

Sin embargo, el TDAH se sitúa en el niño a pesar de que las características suelen también ser aplicables al entorno familiar. A menudo, se trata de un crío que en palabras de sus propios padres no tiene límites. Curiosamente, es en el núcleo familiar y en la casa donde se atienden las necesidades primordiales del niño y donde éste aprende a estructurar y a ordenar la realidad. Si este proceso no se da, se interrumpe o se ve restringido por algo, los límites, la autoridad, las pautas no emergen. Entonces se da paso a la ambigüedad de patrones y criterios que tanto desconcierto y confusión genera en los más pequeños.

Los niños con TDAH están en busca de límites claros y de ciertos organizadores de su conducta, así como de normas de funcionamiento que regulen sin ambivalencia su existencia. Es común en estos casos encontrarnos con estructuras familiares en las que la situación laboral parental se caracteriza por largas jornadas y poco tiempo para hacerse cargo de las inquietudes y problemáticas de sus hijos y de la familia (este es uno de los males de nuestro tiempo).

Los psicoterapeutas sabemos que cuando hay algo que no está funcionando bien en la familia puede ser expresado por la sintomatología de los más pequeños. Por eso, cuando decidimos medicar a nuestros hijos y nada más, estamos obviando que el medicamento puede producir una ocultación del síntoma, haciendo que la enfermedad y la angustia se perpetúen en una situación que hace aguas.

Y no se trata de "culpar" a los padres; generalmente, éstos intentan hacer lo mejor para sus hijos. Pero a veces es necesario que ellos también puedan enfrentarse a cuestiones que están haciendo mella en ellos mismos y, por ende, en sus hijos. Estas cuestiones muchas veces no son conscientes, son síntomas, repeticiones, que les han llevado a vivir una vida de una forma particular que ahora se transfigura y hace efecto reflejo en un hijo.

En todo caso, la postura que como padres, cuidadores, educadores, médicos o psicólogos tomemos dependerá en gran medida de las fuentes en que confiemos y, lamentablemente, de los costes que éstas tengan (no solo económicos).

Quienes subrayan la validez del TDAH como patología neurobiológica insistirán en el tratamiento farmacológico, rápido y más barato (siempre es más fácil tomar una pastilla que cambiar hábitos y costumbres a través de una psicoterapia a medio largo plazo). Mientras, los detractores aludirán que el peso de la biología o de la herencia está sobrevalorado y que al ser el TDAH una categoría inespecífica, su diagnóstico y tratamiento debería replantearse. Se cuestionarán, así mismo, si no habrá otros factores que estén incidiendo de forma destacable en el desmesurado crecimiento de esta patología y buscarán otras formas de actuación menos intrusivas que los medicamentos en la edad infantil.
 
En el siguiente post Helena nos hablará del tratamiento y de las conclusiones.
 
 
 

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