lunes, 31 de agosto de 2015

RABIETAS Y "PERRAS": ESAS CONDUCTAS INCOMPRENDIDAS DE NUESTROS HIJOS I

Helena Provencio Díaz - Psicoterapeuta infantil y adolescente



Seguramente, una de las cosas que más desespera a los padres durante los primeros años de vida de sus hijos, son las rabietas. Surgen de forma rápida e inesperada y provocan situaciones difíciles de manejar que colman los nervios de cualquiera. A veces incluso pareciera que esos pequeños y adorables seres que son nuestros hijos premeditaran el momento en el que mamá o papá están menos preparados o buscarán adrede la situación más indeseable (en el súper, comiendo con amigos, …) para montar un número inesperado.

Una rabieta sería el equivalente emocional de una tormenta de verano, repentina y violenta inicialmente, pero que termina tan rápidamente como comenzó. En un minuto estáis con vuestro hijo disfrutando de una estupenda comida en un restaurante y en el siguiente empieza a chillar, a llorar y a tirarse por el suelo porque quiere salir a la calle o irse a casa.

Saber que este tipo de comportamientos son naturales y hasta necesarios durante el desarrollo de la primera infancia nos puede ayudar a sobrellevarlos mejor. Por muy embarazosas que las rabietas puedan ser, debemos pensar que todos los padres tienen que terciar con ellas y que, si se canalizan bien, tienden a disminuir y a desaparecer.

Debe quedar claro que no hay forma de evitarlas completamente y que éstas no significan que seamos malos padres o que nuestros hijos sean niños malos. Conocer cómo y por qué surgen, y tener algunas pautas para manejarlas, puede servirnos para comprender mejor a nuestros hijos y ayudarles a que puedan desarrollarse de una forma más sana y equilibrada.

No olvidemos que las rabietas son comunes en los niños, pero que nosotros también las tenemos. Si como adultos somos capaces de comprender y reconocer que a veces somos presa de estados de descontrol emocional que nos obcecan y bloquean, seguramente nos costará menos aceptar que nuestros hijos, que están en pleno proceso de aprendizaje y desarrollo, también sufran este tipo de alteraciones. 

Por otro lado, es importante tener en cuenta que los niños son esponjas que aprenden, fundamentalmente, por observación. Esto significa que si somos padres que gritan y resuelven las dificultades con discusiones acaloradas, los niños repetirán el patrón; mientras que si tratamos de no levantar la voz, estar calmados y explicar con serenidad los porqués de las cosas, ellos copiarán dichas formas. No obstante, no debemos obviar que los niños son especialistas en leer la emoción real, es decir, por mucho que queramos simular que estamos sosegados, si por dentro estamos alterados, ellos lo percibirán y actuarán en consecuencia.

Pensemos que entre los factores que hacen que aumente la probabilidad de que un niño tenga una rabieta están, los puramente fisiológicos (cansancio, aburrimiento, agresividad, hambre, sed, enfermedad...), pero también afectan de forma muy relevante los niveles de estrés, los problemas emocionales del entorno y el comportamiento ambivalente de los padres.


¿Qué es una rabieta?


La rabieta es una manifestación explosiva de enfado que empieza entre los 12 y 18 meses, suele agravarse entre los 2 y 3 años y disminuye hasta desaparecer a partir de los 4 años.
 
No obstante, cada niño es único y diferente y dichos márgenes pueden ser variables.

A estas edades los niños empiezan a tener consciencia de su independencia respecto de los padres. Dicha conciencia de separación va a resultar el acicate para que empiecen a probar los límites de su propia persona y los de su entorno. El niño comienza a preguntar, a cuestionar y también a decir NO por esa época, pero su capacidad y su vocabulario para expresar adecuadamente sus sentimientos y necesidades es limitada. Como resultado, el niño se frustra pues no puede expresar cómo se siente. Por eso, una rabieta podría deberse a:
  • Una expresión inmadura de enfado o ira, ante una situación que les resulta frustrante y no saben cómo manejar.
  • Una forma de expresar lo que sienten o lo que les pasa. Por ejemplo que está cansado, hambriento o que ha llegado al límite de su aguante emocional.
  • Una forma de que les prestemos atención y estemos pendientes de ellos.
  • Un comportamiento típico de la fase evolutiva de oposicionismo. El niño empieza a construir su identidad a través de los límites y pautas que el entorno le proporciona y necesita probarlos.

Dado que como comentábamos anteriormente existen unos desencadenantes primarios para las rabietas (hambre, cansancio, agresividad…), una forma sencilla de minimizar los indeseables estallidos emocionales de nuestros hijos puede ser:
  •  Tener unos horarios de comida y descanso estipulados y razonables para la edad de nuestros hijos y tratar de cumplirlos. Mal que nos pese, somos los padres quienes debemos adaptarnos a nuestros hijos y no al revés, aunque esto suponga que tengamos que renunciar a buena parte de nuestra independencia y libertad.
  • Que el niño conozca a priori cuales son las normas y pautas  básicas de la casa y que éstas sean simples y claras. Todos los niños requieren límites, necesitan estar seguros de que hay alguien (sus padres o cuidadores) que son capaces de contenerles emocionalmente pase lo que pase.
  • Que seamos capaces de diferenciar entre las cosas que son importantes y las que no. No se trata de decir NO o SÍ todo el tiempo, sino de dejar cierta independencia en aquellas cosas que ellos pueden hacer sin peligro. Los enchufes no se tocan o el cinturón del coche debe estar abrochado es importante, el cuento que vamos a leer o el color de la camiseta que vamos a llevar a la playa no.
  • De vez en cuando, dar la oportunidad de elegir a nuestros hijos para que vayan adquiriendo poco a poco cierto sentido de independencia y control sobre su vida. A pesar de su corta edad, necesitan encontrar su identidad. Elige las batallas importantes y no añadas un estrés innecesario en cosas banales.
  •  Jugar con ellos. El juego es una de las formas en las que los niños pueden expresarse y sacar fuera de su interior todo aquello que sienten o perciben, es algo así como un campo de entrenamiento para la vida. Cuando compartimos con ellos esta actividad, estamos generando un espacio controlado y delimitado donde aprender normas y límites y dejar salir sus frustraciones sin peligro. Pueden pegar a sus muñecos o luchar con ellos, estrellar sus coches o ser atacados por animales salvajes, actos todos ellos que bien elaborados, con nuestra ayuda, se transformarán en un sano escape emocional. El niño juega inventando mundos y escenas que simbolizan su interior transformándolas en imágenes reales. A través de estas imágenes van a concretar y a visualizar específicamente aquello que les pasa. Una vez que lo de dentro es puesto fuera, es mucho más fácil de comprender y de expresar. Obviamente, no estamos hablando de procesos conscientes, pero sí de procesos lo suficientemente potentes para que el niño vaya adquiriendo pautas y encontrando maneras diferentes de terciar con su agresividad, tristeza, alegría o frustración. Pueden jugar a peleas y a luchar con sus juguetes, a papás y a mamás, a carreras de coches… y tanto unos juegos como otros les divierten y les liberan. Pero a través de ellos también aprenden a poner nombre a sus sentimientos y a valorar que algunos comportamientos son sólo admisibles en el plano de la imaginación.

En realidad, no estamos hablando de nada extraño. Se trata de proporcionar a nuestros hijos una estructura conocida y ordenada que les aporte seguridad y confianza para experimentar la vida.


Si os ha gustado no os perdáis la segunda parte en la que os hablaré de qué hacer durante y después de la rabieta y de cuándo acudir al psicólogo o psicoterapeuta infantil.

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